Mis días eran ceniza pura arrojada al viento,
solitaria avecilla,
vagabunda de las madrugadas,
habitante crónica de la tristeza.
Mi fuego entonces no bastaba para un poema,
Ni el amor.
Uno de esos días, arrojé mis pretextos al mar.
Encendí la hoguera guardada en mi pecho.
Me casé con la poesía y su ardor.
Ya mis días no son ceniza sino poemas,
escribo a cada hora, día a día.
Cada año.
Intensamente.
Era tan fácil encontrar el camino.
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