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martes, 8 de julio de 2014

Disfruto   contemplando  mi  manada de caballos pastando en el campo. 
Entre ellos,  tengo potros chúcaros , caballos de trabajo, de patas gruesas ,  sólido el cuerpo, y mis pura sangre.
Caballos de carrera, hijos del cruce de dos campeones de pura sangre.
A lo lejos,  asemejan un mar multicolor en movimiento continúo.
Tengo entre todos, a mi favorita , una yegua blanca, una pura sangre, que de tan blanca es azul.
Los caballos  pura sangre  son  los más veloces, ágiles, de bella estampa.    
El cuello fino, la grupa de seda , fibroso el lomo , de músculos trenzados brillan con los rayos del sol.
 A su paso , todos se inclinan.
Son mis caballos de carrera , aquellos campeones que entrenan a diario , antes de la aurora
 bajo la lluvia torrencial , o el calor inclemente.
Ellos conocen el sabor de la victoria.
Viven, entrenan para ser los mejores, los campeones de toda la comarca.
Cabalgan poderosos, pero ligeros,   la mirada fija en  la meta, olvidando el dolor de las fustas con puntas de acero , incrustados en su piel húmeda de sal.
Aceleran  ligeras sus patas  como si fuera la última carrera de su vida. El corazón en la boca, entregan el alma en cada justa.
Al finalizar, por su esfuerzo descomunal,  reciben unas palmaditas ,  quizás una corona de flores en el pezcueso , la ovación del  público ,que no entienden , la zanahoria de rigor.
Al día siguiente, el ritmo no varía. 
Entrenan  duro , como cada día de su corta vida de caballos de carrera.

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