Ella no duerme.
Ella ocupa sus horas nocturnas
en matar diablillos
que trepan a su cuerpo.
Escapan de las paredes altas del dormitorio.
Sus pequeñas garras hincan, rasgan,
cercenan pedazos de piel,
golosas mastican hasta escupir bajo la cama.
A veces, ella juega con ellos,
tiran de su ropa , cosquillean los pliegues ocultos
de su piel .
Ella sale en plena noche a buscar aves azules.
Cree en el poder de su belleza.
Ausculta los árboles de la pradera,
que circundan el point de flores perfumadas .
Sacude las copas de esos árboles con fuerza demente.
Arboles grandes, imponentes se inclinan a develar nidos,
y frutos que ella recoge en una cesta.
Y son aves azules, pequeños petirojos, de colores intensos
e higos, que tanto le agradan.
Los guarda bajo su cama.
Antes de la aurora, ella devora los frutos, sus higos dulces
con fruición.
Las aves azules, tan hermosas en su plumaje raro
las emplea en pócimas de belleza.
Son sus aliadas cuando la tormenta de fuego ataca su cerebro.
Toma las aves azules como la noche,
bebe su aliento, vuela con ellas lejos del fuego.
Prendida de sus picos , la ven alejarse en el cielo.
Una llama cada vez más pequeñas se pierde en el firmamento.
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