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martes, 13 de septiembre de 2016

Vertiginoso ese es el ritmo que cobró mi vida en común con Mirtha.
Amanecíamos y ya estábamos alimentando a los animales del corral. atendiendo a la niña.
Ella preparaba el desayuno mientras yo, niño engreído de San Isidro, buscaba algo de agua para mi higiene personal. El té con un pan viejo, mientras barría y apuntalaba los paneles de eternit y cartón de nuestra casucha, que tuvimos que agrandar. 
Mirtha no aguantaba muchas pulgas y era un soldadito dando órdenes a la niña y de paso a mi, 
Felizmente, yo no tenía mayores problemas de machismo por ser hijo de una madre divorciada pero extrañaba mis horas de ocio, mis paseos secretos por lares misteriosos.
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