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martes, 7 de octubre de 2014

Y yo que ardía cada noche,
por sus   besos  de  fuego,
clavó  un sable largo, helado
partiendo en dos mi alma.
Te temo,- escribió 
sin mirar la pantalla.

Despreciaba a la mujer enferma,
a aquella que le brindó su afecto,
y jugaba al placer en  la oscuridad.

Quise morir.


Desde entonces  detesto cualquier  visita nocturna.


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