Y yo que ardía cada noche,
por sus besos de fuego,
clavó un sable largo, helado
partiendo en dos mi alma.
Te temo,- escribió
sin mirar la pantalla.
Despreciaba a la mujer enferma,
a aquella que le brindó su afecto,
y jugaba al placer en la oscuridad.
Quise morir.
Desde entonces detesto cualquier visita nocturna.
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