Yo extrañaba mi vida sin mayores responsabilidad, mi vida con salud pues enfermé en la fábrica.
Perdí el conocimiento, arrojé sangre y como me temía resultó que había contraído la temida tuberculosis. Fui atendido por la fábrica de manera gratuita me dieron los medicamentos y descanso médico por tres meses. Dada su alto grado de contagio, me enviaron a casa a cama.
Los primeros días me sumergí en los libros ante la mirada desconfiada de Mirtha, quien temía por su hija. A la semana, pude dar breves paseos y así librarnos de las tareas cotidianas y del ojo avizor de Mirtha que controlaba mis movimientos. El reencuentro con los caminos secretos y polvorientos fue una bendición, una alegría a esta vida que ya me resultaba tediosa. Salir de una residencia a una casita para terminar haciendo de mandadero no estaba dentro de mis planes.
Regresé a la límpida laguna de los patos antes de la desembocadura del río en el mar.
Me tendí en el pasto verde y tomé una siesta más larga de lo habitual.
Desperté azorado, confundido pero feliz de haber recuperado mi libertad gracias a esa terrible enfermedad que ya cedía en mi organismo. Yo no estaba hecho para vivir según los moldes burgueses. Esto era un hecho consumado y pronto debía tomar otros rumbos .
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