Un buen día terminamos las clases.
Declaramos el más feliz de nuestras vidas .
Y claro que lo fue. Al fin, libres a nuestras suertes,
sin las miradas de reproche de esas monjas malas.
Poseída por el espiritú de Satán, festejé el gran día
aporreando las mesas y sillas , donadas por la embajada alemana,
ante los ojos impávidos de las monjas.
No hubo castigo , pues pasaron 25 años antes de regresar.
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