Todo marchaba de mil amores
hasta que olí el cemento fresco de las veredas.
Quedé hechizada por esa fragancia callejera,
que pronto supe llamaría y amaría como barrio,
y que me atrae como un helado a una mosca.
Mi padre casi cae de espaldas.
El , un perfecto gentleman
no había críado una hija para que saltara muros.
Hasta mi hermana menor me miraba con rabia.
Yo subía hasta la azotea de mi casa y saltaba
al jardín . Era mi deleite diario.
Tocaba el cemento con las manos .
Era un placer libertario prohibido para niñas de su casa,
de alta alcurnia.
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