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martes, 11 de febrero de 2014

Todo marchaba de mil amores 
hasta que olí el cemento fresco de las veredas.
Quedé hechizada por esa fragancia callejera,
que pronto supe llamaría y amaría como barrio,
y que me atrae como un helado a una mosca.
Mi padre casi cae de espaldas.
El , un perfecto gentleman
 no había críado una hija para que saltara muros.
Hasta mi hermana menor me miraba con rabia.
Yo subía hasta la azotea de mi casa y saltaba
al jardín . Era mi deleite diario.
Tocaba el cemento con las manos .
 Era un placer libertario prohibido para niñas de su casa,
de alta alcurnia.

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